EL VIEJO SOL
Cuenta la leyenda ... que estando el viejo Sol ya muy
cansado, pensó que había llegado la hora de retirarse a
descansar, tal vez fuera ya tiempo de confiar en sus hijos,
los Rayos.
Así fue que luego de asignarles un trabajo a cada uno, se
sentó a reposar en su desvencijada hamaca, casi tan vieja como
él y se dispuso a ver qué hacían sus hijos, mientras bebía
tranquilamente un jugo de pomelo.
¡Y vaya si vio! ... el viejo Sol vio que...
... los encargados de ahuyentar a la noche, llegaron tarde
por haber estado remoloneando y los gallos quedaron como
mentirosos ante todo el mundo, porque ellos que eran muy
responsables, habían anunciado correctamente que era la hora
de despertar y temían que ya nadie les creyera de ahora en
adelante.
... los que debían pintar a las flores en las mañanas,
cambiaron los colores en el afán de terminar pronto para irse
a jugar ... y ese día, las violetas fueron amarillas, las
lilas rojas, y las margaritas, celestes.
... quienes debían madurar a los frutos con su calor
enviaron tanta potencia que los quemaron totalmente...
... y así todos ... en resumen, fue una jornada
catastrófica.
Entonces el viejo Sol volvió a reunir a sus hijos para
hablar más seriamente con ellos. Les habló de los deberes que
todos debemos tener para con los otros y de las
responsabilidades que cada uno de nosotros debe asumir cuando
aceptamos una misión. Luego decidió enseñarles algunas de sus
viejas artimañas, y les contó los secretos con los que lograba
hacer que ...
... la luz del amanecer fuera fresca y apacible al amanecer
y por el contrario tan esplendorosa al mediodía, que
contagiara optimismo y energía a todo el mundo ...
... que el cielo luciera azul por la mañana y rojo
agonizante en el ocaso -esto especialmente para que los
enamorados se desmayaran de placer al ver el reflejo de su
amor en las alturas y para que pintores y poetas tuvieran una
constante fuente de inspiración.
También les confesó, un poco arrepentido, que hubo días en
los que la fiaca fue más fuerte que él; días en los que se
quedó muy tapadito entre las sábanas y las nubes, buenas
chicas -les dijo- tuvieron que acudir en su lugar a cubrir el
cielo.
Sólo si prestaban atención, les dijo, él podría retirarse a
descansar sin sentirse intranquilo. Los Rayos escucharon en
silencio los sabios consejos de su padre y se sintieron muy
avergonzados por su conducta. Todos prometieron actuar con más
cuidado y sólo cuando cada uno de ellos fue capaz de repetir
de memoria los pasos a seguir, el anciano emprendió el largo
camino que lo llevaba a su casa de descanso. Se marchó un poco
triste porque tenía la sospecha de que ya no iba a volver y
por lo tanto tampoco volvería a ver a sus queridos hijos. Sin
embargo tenía la certeza de haber cumplido bien con la misión
que se le había encomendado. Ahora todo dependía de sus hijos
y confiaba, o mejor dicho quería confiar en ellos aunque sabía
que algunos eran un poco tarambanas -sólo un poco. En el fondo
son buenos chicos, todo va a ir bien, -se dijo- y comenzó a
recorrer el sinuoso camino de partida.
Y en realidad fue así. Al principio costó un poco, pero
después todo se fue normalizando.
Los Rayos del amanecer surgieron cuando debían e hicieron
las paces con los gallos. Los del crepúsculo encendieron la
noche antes de irse.
Los Rayos pintores lograron el color exacto de la flores
... el verde tierno de los brotes de primavera y el bellísimo
dorado de las hojas del otoño.
Todo andaba bien ... o, casi todo ... porque entre los
muchos hijos del viejo Sol, había algunos particularmente
traviesos y aunque el anciano les había recomendado que fueran
prudentes, había temido por ellos y especialmente por las
bromas pesadas que solían gastar. El viejo Sol tenía razon.
Libres ya de su control, los bromistas se unieron en patota y
decidieron un plan de acción. Ahora que tenían libertad, iban
a salir diariamente a hacer de las suyas. Se habìan propuesto
provocar desde inocentes picazones hasta dolorosas quemaduras.
Todo aquel que se animara a desafiarlos cuando ellos salieran
a jugar, iban a sufrir las consecuencias. Eso sí, para no
tener problemas con sus hermanos se pusieron un horario.
Sólo saldrían cuando los Rayos obedientes estuvieran
ocupados y no pudieran retarlos.
Es por eso que desde las once de la mañana hasta las cuatro
de la tarde, ya nada volvió a ser como antes. Nadie pudo
impedir que inundaran las playas seduciendo a los amantes del
sol ni que se infiltraran en la nieve mientras los esquiadores
se deslizaban confiados. En realidad ocuparon todos los
espacios libres. Lo peor del caso es que siguen haciéndolo, y
lo hacen día tras día.
Aparecen en las plazas y jardines, tanto en los patios de
las escuelas, como en las sierras o en las piscinas. Aparecen
siempre que distinguen a algún chico desprevenido o
desobediente, que ha salido a pasear o a jugar sin
protegerse.
Pero, ahora que ya conocen su historia, ahora que saben
quiénes son y qué hacen estos malvados Rayos bromistas, no hay
razón para que ningún chico tenga que llorar por tener la piel
quemada. Ahora saben que lo mejor para ustedes y para sus
pielcitas, es no salir en esas horas en que acechan los Rayos
traviesos. Pero si lo hacen, recuerden que pueden y deben
protegerse usando ropas adecuadas, usar las cremas que les
compró mamá, jugar a la sombra de los árboles, etc., etc.
Aunque lo mejor, sería que no se priven de jugar al fútbol,
ni al voley, andar en bici, nadar en el mar, en los arroyos o
en las piletas. Ustedes pueden hacerlo.
¡Pueden hacer lo que quieran!
Eso sí, háganlo antes o después del horario en que sale la
patota de los Rayos bromistas.
Helena Di Sarli